Adiós Arbolitos

arbolitos 1Por Marina Parisi, publicado el 2018

Nunca imaginé que llegaría el día. Por varios meses me sentí aliviada de saber que no los botarían. Por lo menos así me lo aseguró uno de los trabajadores encargados de demoler el pequeño holding de empresas que tenía a 50 metros de distancia de mi departamento, justo donde daba mi terraza.

Desde que aquel terreno (ridículamente angosto como para que quepa un edificio) fue comprado por una inmobiliaria y comenzaron las demoliciones, el día a día se transformó en un infierno. Como el sitio contaba además con un subterráneo, el ruido de las excavadoras era insoportable. Fue tanto que varios vecinos de mi torre se quejaron contra la empresa de demolición. Algunos, incluso, partieron a alegar a la Municipalidad de Ñuñoa. Junto con el ruido, también fue creciendo el temor de que me derribaran los cuatro hermosos árboles que adornaban la vista de mi terraza y que me acompañaban desde el 2006.

Pero, para mi mayor alegría, las quejas de mis vecinos surtieron efecto. Desde mediados de octubre en adelante el terreno quedó abandonado, desapareciendo hombres, herramientas y máquinas. “Bien!!”, pensé, “en una de esas no levantan un edificio y en cambio construyen un pequeño parque o un paseo, con salida a José Domingo Cañas y Dublé de Almeida”. Estaba realmente ilusionada con esta idea, al ver que con el correr de las semanas, las obras seguían detenidas. Además, justo unos días antes otra empresa inmobiliaria tuvo la bendita ocurrencia de talar una Araucaria en Ñuñoa, suceso que fue grabado, luego subido a YouTube y posteriormente comentado en redes sociales.

La Araucaria, también llamada Pehuén o Pino Chileno, es una especie arbórea que está declarada monumento nacional. Esto significa que su tala está prohibida. ¿Cuál fue la estúpida respuesta que dio la Municipalidad de Ñuñoa ante la denuncia en YouTube del endémico árbol abortado?…que aquella Araucaria «no era chilena, sino que brasileña”. Esto es una simple muestra de que al final las inmobiliarias hacen lo que les da la gana y operan encubiertas por municipalidades y unos cuantos miles y/o millones de pesos a cambio.

Comenzó diciembre y con ello nuevamente la incertidumbre. Hombres, herramientas y máquinas volvían a instalarse a metros de mi departamento y mis vecinos comentaban que las obras definitivamente arrancarían en enero.

Este martes mientras me disponía a almorzar, vi aterrada cómo un hombre se encaramaba con una sierra y cortaba uno de mis árboles. El estómago se me apretó, salí a la terraza y le grité “¿acaso va a seguir cortando?”. El tipo se quitó los tapaoídos y me hizo un gesto para que le volviera a repetir. Me gritó de vuelta que tenía orden de cortar TODOS los árboles.

Mientras veía la triste escena sin poder creerlo, yo lloraba por dentro. Sólo entonces me di cuenta de cuánto los amaba.