Bienvenidos Arbolitos!

arbolitos iiPor Marina Parisi, publicado el 2018

A fines del año pasado una empresa constructora compró el sitio contiguo a mi edificio, a solo 20 metros de distancia de mi departamento. Lo peor ocurrió el 9 de enero. Ese día mientras me disponía a almorzar, vi aterrada cómo un hombre se encaramaba con una sierra y cortaba uno de los hermosos árboles que adornaban la vista de mi terraza. El estómago se me apretó, salí a la terraza y le grité “¿acaso va a seguir cortando?”. El tipo me gritó de vuelta que tenía orden de cortar TODOS los árboles. Mientras veía la triste escena sin poder creerlo, yo lloraba por dentro. Sólo entonces me di cuenta de cuánto los amaba.

Ese sería el comienzo de un pequeño infierno para mí. Andaba de pésimo humor debido al incesante ruido y el interminable polvo que alfombraba toda mi terraza, y por supuesto, todo lo que allí tengo (muebles, plantas, adornos). No tan solo me molestaba el ruido de las endemoniadas máquinas. Los obreros también son estridentes. Especialmente incómodo me resultaba despertarme un día sábado a las 7.45 de la mañana, porque uno de estos seres humanos llegaba en su auto escuchando la radio a todo volumen.

A esas alturas yo andaba a patadas aquí en mi departamento y llegué a pensar “yo no me compré un departamento para que me pusieran otro en frente y me tapara todo, ¡esto es injusto!”. En ese preciso momento me detuve. Luego me puse a reflexionar y pensé, “¿qué es lo verdaderamente injusto?”

Injusto es que hayan personas muy pobres y ancianas pidiendo limosna a la salida de cada metro.

Injusto es que algunas ballenas estén muriendo porque se tragan kilos de plástico.

Injusto es que los empresarios tengan sueldos millonarios, mientras que los trabajadores ganan 15 veces menos.

Injusto es que algunos dueños de mascotas quieran deshacerse de ellas y partan a botarlas a La Pintana, Colina y Peñaflor.

Injusto es que los políticos hagan promesas para después descubrir que tienen millones “escondidos” y que los han obtenido a través de negocios siniestros.

Injusto es ver cómo las personas se han convertido en seres fríos e insensibles, que en vez de socorrer a una persona que intenta suicidarse arrojándose desde una pasarela, sacan su celular para filmar la escena.

Injusto es constatar las estratosféricas ganancias que registran cada año la banca, las AFP´s y las compañías de seguros.

Injusto es ver cómo hemos descuidado nuestro planeta, y en cambio, seguimos contaminando y botando basura en cualquier lado.

Injusto es que el mercado se ría de nosotros, subiendo a voluntad el precio de productos que son tan necesarios.

Injusto es comprobar que nos hemos descuidado a nosotros mismos, y en vez de relajarnos, conectarnos con nuestros sentimientos y actuar desde el corazón, estamos más preocupados de lo externo, consumiendo en forma desmedida y alienados con la tecnología.

Después de meditar en todo esto, pensé “¿y si pudiera vivir sin que me importara tanto lo externo?,  ¿y si pudiera vivir más enfocada en lo de adentro?”. Luego tuve la genial idea de hacer cambios al interior de mi departamento, de tal forma que fuera casi imposible dirigir la mirada hacia afuera, hacia mi terraza, que en unos cuantos meses más estará completamente tapada por un edificio de 9 pisos.

Así, muy entusiasmada, hice cambios en la ubicación de mis muebles y compré hermosas plantas de diverso tipo. Lo mejor fue que en la pared que da frente a mi terraza, instalé un mural gigante, un bello bosque en los tonos verdes más paradisíacos, inimaginables y cautivadores que he visto. El efecto fue perfecto, porque este fabuloso paisaje te invita a adentrarte y a perderte entre sus mágicos árboles.

El día que me pusieron este mural, y una vez que llegó la noche, me di cuenta de que el bosque se reflejaba en el ventanal de mi terraza. ¡Sin querer los arbolitos que me habían arrebatado estaban de vuelta y los tenía frente a mí! ”Gracias, gracias”, dije emocionada.